Susana Raffalli: “Cáritas no puede asumir la labor del Estado”

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Especialista en gestión de seguridad  alimentaria, emergencias humanitarias y riesgos de desastres desde hace 22 años, Susana Raffalli es referencia obligada en el país a la hora de hablar de estos temas. Licenciada en Nutrición de la Universidad Central de Venezuela, ha sido reconocida con el premio Franco-Alemán de Derechos Humanos y Estado de Derecho  en 2018; y con el premio Alma Mater UCV, en su XIV edición, otorgado el pasado 11 de junio por la Asociación de Egresados de esa institución en reconocimiento a su labor a favor de la población en situación de riesgo alimentario.

Esta asesora a la Respuesta Humanitaria de Cáritas Venezuela nos habla en esta entrevista sobre los temidos efectos de la desnutrición infantil; comenta lo que le deja al país la ayuda humanitaria; nos muestra las dos caras de la asistencia benéfica (la del que da y la del que recibe),  y ofrece una mirada sobre sí misma cuando está sola.

Díganos de la manera más clara posible cómo afecta la desnutrición la vida de un niño y, aunque el problema sea tratado, cómo influye en su futuro, en su desarrollo como ser humano y como ciudadano.

“ Lo que pasa ahora con un niño desnutrido, sobre todo si es menor de dos años, determina lo que va a pasar después, lo cual no quiere decir que sea ese después lo que nos mueva a protegerlo. Antes que se desnutra, el sentir hambre es un proceso interno de abandono que va a tener consecuencias a futuro. Los niños con ese patrón afectivo son luego los adolescentes con problemas de adicción, con nada se van a satisfacer, van a querer más todo el tiempo, no van a poder llenar ese hueco jamás, son niños con problemas de adicción, de dependencia afectiva, problemas de delincuencia después, eso por la parte afectiva.  Luego, por la parte cognitiva, durante los primeros dos años de vida se terminan de formar todas las terminaciones nerviosas y el cerebro termina de crecer, es decir, aunque el niño nazca a término y nazca bien, su sistema nervioso no está totalmente desarrollado, eso ocurre en una ventana de tiempo que son mil días, desde la gestación hasta que tiene dos años, durante los cuales se forman millones de conexiones nerviosas por día, termina de crecer el cerebro, la masa cerebral y eso se tiene que hacer con un sustrato nutricional, un sustrato biológico.  Ya no estoy hablando de lo afectivo, estoy hablando de lo concreto, para eso necesita zinc, calcio, hierro, necesita calorías. Entonces, cuando el niño se ve privado de eso, ese sistema nervioso trata de buscar el sustrato para terminar de construirse y no lo encuentra.  Es imposible que un niño que no terminó de desarrollar su masa cerebral y sus terminaciones nerviosas, vaya a tener durante su periodo escolar el mismo rendimiento que uno que estuvo bien nutrido”.

¿Ese niño se puede recuperar?

“Hay casos que se revierten si tratas la desnutrición de forma temprana. Si pones a ese niño en un estado ideal, agua potable, complementos nutricionales, comida completa, cuidados máximos y amor. Si no es difícil, puede haber una recuperación pequeña durante la adolescencia, pero ahí queda un deterioro cognitivo y afectivo importante. Usted va a ver a ese niño y es normal, ríe, juega y puede ir al colegio, pero difícilmente terminará un bachillerato  o rendirá en una carrera de mayor productividad. Eso redunda en la productividad de la persona y, al final, en el Producto Interno Bruto del país, eso está documentado. De cada porcentaje  de niños con desnutrición crónica en un país, 20 años después se impacta 7% el PIB”.

 

Entendemos que la desnutrición es un problema de Estado, pero en este momento país, ¿qué puede hacer una madre o una comunidad para ayudar los niños en esa condición? ¿Se puede hacer algo?

“Lo primero es informarse, buscar grupos en las comunidades, hacer tejido y cuidarse entre todos, en el sentido de compartir lo poco que hay y salir entre todos adelante.  Lo segundo es conocer cuáles son los servicios que están dando atención humanitaria.  No ponerse a crear iniciativas nuevas.  Yo veo con preocupación que tenemos una red de comedores por cada político que ha decidido montar uno y tenemos organizaciones de beneficencia y caridad que no saben qué van a servir esta noche. Entonces, en lugar de crear cosas nuevas, usted, como ciudadano que no hace un trabajo social directo, se organiza para apoyar y canalizar a la gente que más lo necesita hacia los servicios humanitarios.  Eso requiere conocer bien qué servicio se da y quién lo da.  Ojalá todos pudieran averiguar dónde está la Cáritas parroquial en el barrio, se podría llevar al niño, al menos a que tome una sopa por semana”.

¿Qué capacidad tiene Cáritas de ayudar a un número tan grande de necesitados?

“Es muy reducida, a pesar de que somos el segundo actor humanitario del país, estamos en 22 estados y estamos activados en más de 130 sitios centinelas del servicio humanitario. Pero con todo y todo, apenas llegamos a no más de 10% de la población. Y no estamos supuestos a que sea mucho más, Cáritas no puede asumir la labor del Estado”.

 

 En este rango de carencias que tenemos en la parte alimenticia y económica, cuando una madre tenga que escoger entre los alimentos que puede adquirir ¿Cuál debe ser la selección?

“A un niño no le puede faltar la proteína de buena calidad, que son casi todas de origen animal o los granos.  Entonces tiene que tener una vez al día, no en todas las comidas, pero si una vez al día alguna proteína de alta calidad como un poquito de carne, pollo, algún tipo de grano, un poquito de queso o un vasito de leche o un huevo. Lo otro que no le debe faltar a un niño es algo de frutas y vegetales, que tienen mucha vitamina.  Eso hay que procurarlo. Finalmente, una receta que no falla es la combinación de los alimentos. A veces, el alimento, por poquito que sea, bien combinado con otra cosa se transforma en una comida bien nutritiva porque se potencia su poder. Por ejemplo, un platico de caraotas con una yuca, si tomas una taza de café, ya ahí se acabó con el hierro de las caraotas.  Esa caraota mezclada con un cereal, preferentemente maíz (puede ser maíz, arroz o trigo) transforma la proteína del grano en una proteína mucho más completa. Si además se toma con algo ácido (como una limonada, una parchita, una naranja, una mandarina) el hierro de la caraota se potencia enormemente. Lo mismo con la carne. La gente dice ‘yo no puedo comprar carne sino un cuarto de kilo de carne a la semana’. Mal haces comiéndote el cuarto de kilo que compras de un solo golpe.  Está estudiado que el poquito de hierro que tiene la carne, así te comas una onza, que son 30 gramos, equivale a una ‘facilista’ (lonja de queso). ¿Te acuerdas cuando comíamos ‘facilistas’?  30 gramos son dos albóndigas chiquiticas, eso potencia no solo el propio hierro de la carne sino de los otros nutrientes que ingieras.  Entonces rinde más nutricionalmente comer 30 gramos cada día a que te comas toda la carne de una sola vez, porque hay una alquimia entre los ingredientes que ni yo misma te puedo explicar.  Entre todos se potencian muchísimo”.

¿Ustedes, en Cáritas, tienen cifras de desnutrición en Venezuela?

“Sí, claro, publicamos un boletín cada tres meses.  El último es de marzo y señala  que un 55% de los niños que evaluamos tiene algún tipo de déficit nutricional, es decir,  la mitad.  Con desnutrición grave se encuentra 12%, o sea, doce de cada 100 tiene desnutrición grave, a quienes hay que  atender con alimentos terapéuticos. De ese grupo, a los que están muy mal hay que referirlos a un dispensario”.

 

Los venezolanos estamos transitando por un camino difícil, en todos los sentidos. Vemos que la solidaridad y el apoyo se hacen presentes en las comunidades más desasistidas, lo cual habla muy bien de los venezolanos, pero cuál es la línea en dónde el que recibe pierde su dignidad como persona y el que da asume un papel de poder sobre el otro. Usted hablaba, en el X Encuentro Constructores de Paz, sobre no quedarnos en el socorro, que había que trascender eso.  Entonces, ¿cómo pasamos del socorro a otra etapa? ¿Cuál es la cara con la que tenemos que levantarnos todos los días para seguir adelante?

“Hay que levantar la cara, la mirada.  Yo te diría tres cosas: lo que convierte al socorro en protección, en promoción, es la valía, que la persona ayudada sienta que vale, que tiene derechos. Yo no te estoy dando porque soy la que lo distribuyo, sino que es un privilegio para mí, ser yo quien honra tu derecho a eso. Eeso es exaltar la autoestima en la persona que socorres. La segunda cosa es darle información sobre a dónde recurrir y fortalecer, hasta donde se pueda, sus medios para valerse por sí mismo. Por ejemplo, en Cáritas estamos felices de saber que las voluntarias que están en las parroquias, si nosotras faltamos, están más que “filúas”, “hojillas”, en detectar un niño desnutrido y enviarlo al dispensario. Qué bueno, ya lo saben hacer. Eso es fortalecer la propia capacidad de la gente de hacer algo por sí misma, aumentar el valor y la autoestima. La tercera cosa, que creo indispensable como responsabilidad, es la denuncia, es ser la voz de la gente.  En eso las feministas tienen una palabra que a mí me gusta mucho, ellas no hablan de solidaridad, solidaridad viene de soldado, de la hermandad entre hombres. Ellas hablan de sororidad que es la hermandad entres sores, monjas. La diferencia entre una y otra es que cuando uno es solidario estás con el otro, “yo estoy contigo” para lo que haga falta, pero la sororidad va más allá, es estar contigo y estar por ti.  Es decir, mientras tú no puedas hablar por ti, yo voy a levantar la voz, yo estoy por ti, yo te represento, yo pongo el pecho porque sé que esto es inadmisible y que así no se puede seguir viviendo. Eso es lo que yo creo que hace la gran diferencia”

¿La ayuda humanitaria nos va a dejar algo bueno?

“Hay un riesgo enorme, el riesgo de que ingrese mucho personal internacional atropellando, con otras formas de hacer las cosas, nos está dejando el riesgo de desviar la atención. Hay situaciones preocupantes. Cómo es posible que ahora le vayan a pedir las medicinas a la Cruz Roja. ¡Por Dios…! Vayan al Ministerio de Salud, no los podemos descargar ahora de su responsabilidad.  Yo creo que si el gobierno se hubiera dado cuenta de que iba a ser tan eficiente lo de la Cruz Roja, lo hubiera promovido hace años: vamos a sacarnos esto  de encima y que le caiga el mosquero a la Cruz Roja.  Pero creo que esta situación nos va a dejar fortalecidos, porque el venezolano no tenía tradición de trabajo humanitario, nos vamos a profesionalizar mucho y vamos a entender el socorro, no solo hecho por caridad  sino con profesionalismo, con ética, con sistema de rendición de cuentas y que nos va a dejar un sentido de la economía enorme. Yo misma lo celebro. Yo celebro cómo aprendí a bañarme con poquita agu, y administrar lo poco, combinando las cosas que se tienen, usar hasta lo último que hay en la nevera.  Creo que todo eso tenemos que capitalizarlo”.

A Susana Raffalli  ¿qué la hace pararse todos los días y seguir en esta labor y cómo lleva adelante sus propios problemas?

“Sí, además tenemos lo propio. Yo cierro mis días a las seis o siete de la noche y me toca mi mamá.  Mi mamá con su vejez… con su demencia, conseguir los pañales, tratar que la enfermera que me la ve no se me vaya.  Me cuestan más estas últimas horas de la noche que pararme en la mañana. Cuando me paro, tengo la energía de la reparación. En el día cuesta muchísimo, porque tienes que atender todo: a las personas que estamos asistiendo, a la parte más estratégica que es reunirte con coordinaciones, con el gobierno, con Naciones Unidas, con las agencias donantes, asistir a reuniones para dar información, atender entrevistas de periodistas y hacer todo lo que haces cuando la gente está despierta. Entonces cuando llega el momento de trabajar en silencio, organizar la acción, hacer recortes, materiales educativos, los informes que nos piden los donantes, lo tienes que hacer cuando está todo el mundo durmiendo, callado. Ahí es cuando uno dice puedo trabajar.  Claro, a las nueve de la noche se me cae la cabeza en el teclado, esa es mi peor hora.  En la mañana, me levanta pensar que tengo el privilegio de tener un espacio de acción, de tener un espacio de… voy a usar la palabra poder, tenemos espacios privilegiados para hacer algo, para influenciar a gente.  Me saca de la cama la responsabilidad, el privilegio de decir: hay algo que yo pueda hacer, eso es lo que me saca de la cama, a veces con dificultad porque estamos cansadas”.

Y cuando se acaba el trabajo, la bulla, ¿hay momentos cuando Susana se encuentra con ella misma?

“Para mí ha sido fundamental tener una terapista, los momentos más míos y más reparadores que tengo en la semana son las dos veces que voy con mi psiquiatra, con mi psicoanalista, no solamente por exaltarla a ella, pero si el terapista es bueno, de lo que se trata es de un encuentro con uno mismo.  Después, me gusta cocinar, pero no soy una gran gourmet, me gusta hacer un arrocito, comer con calma, sentada. Es eso… comer sentada… cocinar despacio.  Hay cosas que me hacen mucha falta y que he tenido que ir dejando, el ejercicio físico, porque estoy muy cansada, y los libros. Los libros siento que me suponen un esfuerzo intelectual y entonces los cambié por ver  películas que me recrean mucho. También me ha servido de confort interno tener a mi mamá como está.  Mi mamá está con una demencia avanzada, una demencia senil y llegó a un estado en que la comunicación se ha vuelto imposible, la comunicación articulada, compleja. Sí me reconoce y todo, pero ya no puede hablar. Convertir los pensamientos en lenguaje es muy sofisticado, me he dado cuenta que eso es un privilegio, pero como ella no puede hacerlo, he descubierto que nos comunicamos muy bien con la música y el contacto físico. Entonces, me recreo mucho cantando boleros con mi mamá, sobre todo Agustín Lara.  Ella no puede hablar pero oye Granada y la canta. Claro, ahí no está construyendo un mensaje  sino que está repitiendo una cosa que aprendió, como hacen los loros.  Canta perfecto todas las de Agustín y Vereda Tropical, que no sé de quién es, pero a ella le encanta.  Entonces, me ha dado muchísima calidad de vida, una cosa que podría ser muy dolorosa y que lo ha sido en sus primeros momentos para mí: ver a mi mamá perderse estando viva me ha conectado con cosas que me han hecho comprender que no todo en la vida es comunicarse sofisticadamente, hacer análisis y todo eso, sino cantar, ver, tocarse”.

¿En este momento, cuál es el Reto País para Susana Raffalli?

“Creo que el primer reto es el rescate de la reconciliación, de la tolerancia, la convivencia.  Aquí el que crea que esto se resuelve sacando a Maduro y a los chavistas está equivocado, porque vas a cambiar el cuadro de gobierno pero vas a seguir conviviendo con la gente que es chavista. Entonces, no vamos a salir de esto si no tendemos puentes hacia una nueva sociedad, en donde todos sintamos que podemos convivir. El otro reto país es superar los daños, hay daños irreversibles, vamos a tener que aprender a reconocerlos. Hay que salir del triunfalismo: si estoy cansada  está bien que lo diga. Aquí no podemos seguir con el imaginario de Simón Bolívar, esperando que sea Leopoldo López y Guaidó y el otro y el otro quienes nos salven. No, aquí tenemos que llegar a un punto en que digamos: ‘mira, pudieron con nosotros y ¿qué pasa?’. Hasta que uno no diga ‘pudieron con nosotros’, no voy a reacomodar fuerzas, no voy a reacomodar las cargas. Creo que hay que salir del triunfalismo, reconocer que aprendimos con dolor, hay quien lo hace por conciencia y otros por dolor, a nosotros nos tocó por dolor. Aprender que somos vulnerables y desde allí fortalecernos para más y tratar de hacer esto en paz, poco a poco. La primera fase tiene que ser de auxilio, de socorro, la segunda fase tiene que ser hacia una reconstrucción para mejor y de reconciliarnos, pero para que haya reconciliación tiene que haber justicia y paz. Toca una labor ardua de no dejar impunidad y luego confiar, confiar en que hemos estado mejor y que hacia allá tenemos que apuntar”.

♦Fotos: Manuel Sardá

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