Janeth Márquez, directora de Cáritas: “Tenemos que salir de esta pobreza que nos mata”

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La formación cristiana ha sido determinante en su vida profesional y personal.  40 años vinculada a la Iglesia católica a través de las comunidades eclesiales de base y 30 años de trabajo con Cáritas Venezuela, de la cual es su actual directora, le dan a Janeth Márquez de Soler la autoridad necesaria para hablar de emergencia humanitaria, de solidaridad, de valores, de Derechos Humanos, de emprendimiento y de esperanza. Ha sido reconocida con el Premio Humanitario 2019 otorgado por InterAction, red de 180 ONG dedicadas a trabajar en la superación de la pobreza y el desarrollo sustentable, en todo el mundo.

Esta socióloga y politóloga, nacida y criada en la Cota 905 de Caracas, asumió el reto de su generación de salir de la pobreza, entrar a la universidad para formarse y hacer posible un mundo mejor.  Hoy, vive inmersa en cómo ayudar en lo inmediato a los más pobres en medio de esta larga crisis, pero con la visión puesta en los proyectos que le darán a la gente la posibilidad de asumir con dignidad las riendas de su vida.

¿Cáritas se ha convertido en la imagen de la ayuda en emergencia?

“Desde el 2015 nos hemos dedicado a la ayuda humanitaria, la atención al migrante, la olla solidaria, la asistencia en salud  a los grupos más vulnerables: al niño desnutrido, al adulto mayor, personas con discapacidad, mujeres. Esto es para salvar vidas en este momento, pero debemos retomar nuestras funciones de fortalecimiento de valores, promoción humana, formar en gestión de riesgo y ambiente, así salvaremos  más vidas.  Estamos repensando qué hacer, porque no podemos seguir dando bolsas de comida. Claro, en las emergencias hay que dar bolsas de comida, pero lo importante es luchar para que la gente tenga el ingreso para que compre su bolsa, es necesario retomar la dignidad. Actualmente está entrando las Naciones Unidas en el país y nos está invitando a entregar bolsas. Hoy  le decimos que tenemos cuatro años entregando bolsas y que nosotros queremos retomar la dignidad, hacer otro tipo de proyectos, microempresas pequeñitas que ayuden a dos o tres familias”.

¿Qué se puede hacer para promover la dignidad en medio de esta situación?

“Estamos haciendo un llamado a nuestras Cáritas europeas para que nos den ideas, algunas nos servirán y otras no. Les preguntamos ¿Qué hacen para que la gente tenga dignidad?, para que no espere la bolsa, para que tenga un ingreso.  Nos pasa mucho que aquí damos comida y cuando le decimos a la gente que necesitamos alguien que limpie el jardín, pues nadie viene. El beneficiario de la bolsa puede trabajar medio día en la escuela más cercana ayudando con la limpieza, o en el hospital, se  les sigue dando la bolsa pero por un trabajo, porque es importante que la gente sienta que se la está ganando, no que se la están regalando. No los podemos contratar y tenerlos  asalariados pero sí podemos crear asociaciones:  Usted hace dos mediodías a la semana en la escuela tal o dos días de jardinería en el hospital tal y la gente se gana su bolsa, eso cambia el proyecto, la gente puede reclamar cuando yo tardo en la entrega, porque se la gana con su trabajo.  Tú cambias un poquito y la gente se siente libre. Es otra cosa, es trabajo. Por ejemplo, los grandes estudios nos están diciendo que los comedores no son la solución.  En los comedores tú les das comida a los niños, pero la familia sigue en problemas.  Hay que eliminar los comedores y pensar que todos esos presupuestos se conviertan en proyectos para las familias.  Para que tengan un ingreso para que coma el niño y su hermanito, o a los que tengan en la casa. En Catia tenemos un programa en el que, en vez de bolsas, les damos tarjetas, se escoge entre las personas más necesitadas y la gente tiene libertad para comprar en tres comercios. Esas personas tienen que tener una actividad en la parroquia y ahora queremos incorporar una actividad normativa, tienen que hacer un trabajo». 

¿Es conveniente que estos programas de asistencia duren mucho tiempo?

“Lo ideal es que en seis meses  estos programas terminen, porque es imposible mantenerlos por más tiempo, se necesitaría mucho dinero. Necesitamos cambiar el país, porque si no el deterioro va a ser muy grande.  La situación es complicada, a veces dicen no digas esas palabras, pero las tenemos que decir a ver si cambiamos, porque el que está muy necesitado se va a morir y los que estamos tratando de colaborar nos vamos a deteriorar”.

Muchos ya están deteriorados…

Nos ha tocado vivir un momento muy complicado, pero muy bonito también.  Nosotros fuimos un país con muchas riquezas y eso nos hizo bajar la posibilidad de tener estrategias porque todo se nos daba. Esta tragedia nos ha hecho resurgir dos solidaridades únicas: Nunca habíamos tenido tantos voluntarios, veinte mil; pobre ayudando a pobre, gente de clase alta ayudando y gente de clase media entrando como vulnerables; programas de cuidado a los cuidadores porque nos vamos deteriorando, pero además, tenemos que estar dándole vueltas a esa cabeza, qué hizo Guatemala, qué hizo Haití, todo como a la medida. Todo el mundo está buscando, pidiendo, contando”.

Impresiona que nuestras referencias ahora sean Haití o  Guatemala…

“Cambió nuestro referente. Antes veíamos qué hacían países en vías de desarrollo porque estábamos en vías de desarrollo, ahora vemos qué están haciendo países que están en la pobreza. Vemos qué ha hecho Haití, qué hizo Perú cuando Sendero  Luminoso, qué hizo Guatemala que sufrió una de las divisiones más fuertes. Estamos en mejores condiciones de, por ejemplo, Haití,  pero no tenemos el cuero de Haití, tenemos una debilidad, a ellos les viene un terremoto con esa pobreza y lo superan porque son una gente fuerte. A nosotros nos viene un terremoto y nos deja destruidos porque nuestra fuerza no es tan grande”.

La Iglesia católica, a través de sus parroquias y Cáritas, ha venido desarrollando uno de sus programas más conocidos, la Olla Solidaria. ¿Cuál ha sido el impacto desde el punto de vista alimentario y el de promoción de la solidaridad?

Cuando empezó esta crisis y comenzamos a ver que los niños se desmayaban en los colegios, en la Iglesia nos planteamos qué hacer, le preguntamos a Cáritas Perú  y a Cáritas Haití qué hicieron ellos cuando enfrentaron ese problema. Nos respondieron: unas ollas solidarias.  Nosotros veíamos eso como un programa de alimentación, pero  ellos nos dijeron “no, el que usted le dé una sopa a la gente, no tiene nada que ver con alimentación… eso es para alimentar el alma”, eso es un espacio que permite a la Iglesia traer gente, escucharla y estar con ella. Empezamos a tener una olla que nos dio la oportunidad de apalancar otras cosas. Es un programa de afectividad y acompañamiento que nos permite, por ejemplo, pesar a los niños, hablar con los ancianos, ver los problemas de personas solas en la comunidad, abuelos con nietos cuyos padres se fueron del país. Es un espacio para ver qué está pasando en nuestra comunidad y sacar, luego, información para determinar  qué hacer, si un programa de nutrición o de derechos humanos, o de acompañamiento al abuelo o hay que poner una jornada de salud. La iniciativa es grandiosa y por eso la mantenemos, porque nos permite tener un lugar para escuchar directamente a la gente, no necesitamos intermediarios. Una olla es para cien personas y, mientras la estamos haciendo, conseguimos: primero, un  voluntariado grandioso, en su mayoría señoras. Nosotros decimos que ésta es la época de las señoras, porque nosotros tenemos veinte mil voluntarios de los cuales quince mil son señoras. Mucha gente dice, bueno, ese poco de viejas. Sí, son viejas que hemos ayudado y con ellas hemos logrado salvar vidas, acompañar gente y, además, reivindicar a las viejas”.

¿Cuánto tiempo durará este programa?

“Normalmente las ollas deben estar uno o dos años, como mucho, porque son para emergencias, un terremoto, un huracán, pero esta situación cada día se vuelve más emergencia. Cuando pensamos en quitarla, pues la gente está peor. Las personas necesitan cada día más que la escuchemos, algunas están deprimidas, necesitan enamorarse de algo, y las invitamos a trabajar en el programa. Hemos tenido ollas únicas, yo nunca pensé que en el altar de una iglesia la gente se sentara a tomar una sopa, pero cuando no se tiene otro espacio, se utiliza ese.  Detrás del altar, allí se hace la olla y ahí come la gente.  En tiempos normales es un espacio que hay que respetar, pero en tiempos de crisis todo se vuelve espacio para la vida”.

¿Y qué oportunidades de ayuda han surgido de iniciativas como la olla solidaria?

“De la olla solidaria surgió el sistema de monitoreo de nutrición, empezamos a pesar a todos los niños menores de cinco años que nos llegaban a tomar sopa. Allí vimos que de 100 niños, 60 tenían déficit nutricional y vimos la necesidad de crear el programa de Salud Integral II.  Hablamos con nuestros hermanos de Cáritas Guatemala, para ver cómo lo habían implementado allá, empezamos con un sistema de monitoreo que hoy da boletines y mediciones, empezamos de una cosa pequeña y hoy tenemos más de 134 centros centinelas midiendo niños y atendiendo niños con un protocolo. La Iglesia ha tenido que aprender  de desnutrición, nosotros que no sabíamos de ninguno de esos temas hemos aprendido para la emergencia, esto no es para quedarse, esto es para la crisis y la idea es que esto lo asuma el Instituto Nacional de Nutrición y nosotros nos dediquemos a lo que nos tenemos que dedicar que es la capacitación, la formación”.

Usted proviene de una familia de 15 hermanos, de un hogar levantado en la Cota 905, por lo que tiene, como decimos, “propiedad” para hablar de la superación de la pobreza y de la solidaridad”. ¿Qué le ha quedado de esa parte de su vida?

Una cosa es la teoría y otra la realidad. Uno tiene un marco teórico, que manejamos desde la Iglesia, sobre la dignidad, el bien común y la solidaridad.  Esos marcos teóricos se hacen reales cuando la vida te va dando los procesos. Se nutren de la vida real.  Yo vengo de participar en las comunidades eclesiales de base hace 40 años, allí los sacerdotes y la Iglesia nos invitaban a creer en que otro mundo es posible.  Nosotros también tuvimos un RetoPaís hace 40 años, salir de la pobreza. Salir de la clase baja para entrar en una  clase media y poder incidir en todo lo que es el mundo público y los programas de gobierno. Creo que logramos hacer muchas cosas interesantes.  Lo primero es que en ese momento si se podía con estudio salir de un barrio y mejorar un poquito las condiciones de vida; también se podía salir del barrio, pero seguir ayudando. Yo tengo, al menos, 20 años que salí de mi sector, pero sigo yendo a colaborar, a estar pendiente de los programas, porque en nosotros la solidaridad es un eje transversal de lo que creemos, de lo que decimos. Para mi generación fue una época más fácil, porque nosotros sí veíamos cosas rápidas y factibles. Si estudiabas, lograbas tener mejoras, en la parte cultural, en la forma de pensar, las habilidades, las capacidades, y después mejoras hasta de comprarte un apartamentico un poquito más allá. Eso tú lo podías lograr y podías animar a mucha gente del barrio a hacerlo”. 

¿Era posible la movilidad social con sacrificio?

“Yo puedo decir que vengo de un grupo juvenil donde 90% de los que estuvimos, que pasamos por diferente formación, con los redentoristas, también nos unimos con los jesuitas, con las comunidades eclesiales, fuimos profesionales.  En un barrio donde el que llegaba a la UCV hacía una fiesta, porque no era normal entrar a la universidad, puedo decir que de 10, nueve fuimos a la universidad. Son ingenieros, sociólogos, economistas, psicólogos, pero, además, otra cosa que logramos es que al menos tres de ellos fueran al gobierno, pero allí fracasamos. Porque a lo mejor fue en eso que menos nos formaron; logramos ser profesionales, logramos incidir en muchísimas políticas, unos fueron al Gobierno en función de que otro mundo es posible. Nuestra educación y formación no era solo para mudarnos a un apartamento sino para poder trabajar en los gobiernos y hacer que la pobreza disminuyera.  Pero esas tres personas que fueron al gobierno las perdimos, no las acompañamos, nosotros  dejamos solos a los que llegaron al gobierno.  Nosotros formamos para que la gente llegara al gobierno y cuando llegaron nos asustamos”.

¿Y qué pasó con ellos?

“Eran gente tan buena y con tantas capacidades como nosotros,  se quedaron solos, empezaron a ser criticados, hasta distanciados  y hoy pienso, lamentablemente, que se dejaron ganar el corazón y la conciencia por una falta de evolución, es mi parecer.  Ayer, exactamente, veía a uno de mi comunidad cristiana. Un hombre bueno,  con buena  formación, que además venía de haber estudiado para seminarista, que entró al gobierno en un espacio de incidir y, la verdad, es que no podía escucharlo, no podía… no podía ver su cara y me preguntaba ¿qué hicimos? Él y otra compañera de las comunidades eclesiales de base  conocían del tema de las torturas más que nadie, de la defensa de los DDHH y entraron al gobierno en puestos clave y qué pasó. Nos equivocamos y tenemos que sentarnos a ver el tema, casi todos los que entraron al sistema político eran gente muy buena, no estamos hablando de cualquiera, gente con muchas capacidades y con mucho corazón, con mucha cercanía a la gente pobre y hasta con votos de pobreza.  Esa persona que vi ayer era otra, era un cargo. Todo lo que se le enseñó ahora lo usa para mantener un gobierno, una nueva forma de vida.  Uno se puede trastocar a los 18 años, pero ellos pasaban de 30, ya estaban formados, sabían lo que era bueno y lo que no.  A mí no me gusta meterme en política,  pero este  gobierno le dio la espalda a la gente, está trayendo miseria y muerte”.

¿Cómo asume lo de la política hoy?

En mi generación teníamos mucho miedo a lo que era la política. Ahora eso se ha ido ganando, la Iglesia no le tiene miedo a los que hacen política, aunque los critican diciéndoles ¿por qué la Iglesia tiene que meterse en política?  Tiene que meterse. La Iglesia jerárquica, institucional, ha entendido que en la política, con pe mayúscula, tenemos que meternos, que no nos distancia del Evangelio, no nos distancia de la pastoral, sino que es parte de la pastoral. Ahora mismo, tenemos una reunión sobre cómo ayudar hoy, tenemos que ver qué le decimos a nuestros jóvenes porque  cómo decirles que para mejorar la pobreza hay que estudiar, cuando el que estudia es miserable;  cómo decirle a nuestra gente que para mejorar la pobreza hay que trabajar, cuando se trabaja por seis dólares; cómo decirle a nuestra gente que se quede, que no se vaya.  Hay gente que se fue y está haciendo un gran trabajo fuera del país, visibilizando la crisis, pero necesitamos que no se vayan más.  Tenemos que recuperar el tema del trabajo, de la educación, como una posibilidad de surgir. Yo en todas partes hablo de la esperanza,  pero cuando me acuesto me digo ¿será que estoy errando?, ¿será que me tengo que ir de aquí?, pero en la mañana siento que tenemos que seguir, que muchas sociedades pasaron por esto y salieron, que necesitamos actores importantes, necesitamos dar lo que nos enseñaron. Tenemos que salir de esta pobreza que nos mata. Esto es un reto, un reto grande que necesita sumar, sumar mucha gente.  Creo que hoy una de las grandes debilidades de este país es que aunque en la narrativa sumamos, en la práctica restamos.  Tenemos políticos que dicen una cosa, pero en la práctica hacen otra; pero también tenemos en la Iglesia, gente que suma y otra que resta y tenemos en la sociedad civil gente que no se quiere, grupos que no quieren unirse con otros porque son protagonistas, que creen que se las saben todas.  Tenemos que llegar en este año 2019 a entender que esto no es para que nadie llegue a nada, esto es para salvar a Venezuela.  Es puro sumar y multiplicar. Esto es un gran reto y yo estoy segura que se puede.  Creo que estamos a la puerta de tiempos mejores, el problema es que a veces la puerta no se abre. O no la sabemos abrir. Pero hace unos años estábamos a muchos kilómetros de la puerta, hoy yo creo que estamos al lado, ahora tenemos que ver cómo buscamos  las estrategias para abrirla”.

Me contaba inicialmente de su vida en el barrio, de su familia…de la superación de la pobreza

“Nosotros vivimos una pobreza diferente a ésta, éramos 15 hermanos, teníamos un solo baño para tanta gente, vivíamos en casa de zinc, mi piso era de cemento pero parecía mármol. Era una cosa de una limpieza única. Teníamos una sola ropita para sabanear, como decía mi mamá, y una ropa para ir a misa o para el domingo o para una fiesta.   Ahora nos hemos dado licencia para algunas cosas. A veces tenemos gente en misa sin peinarse, la gente se puede peinar. Nos hemos dejado, nos hemos distendido en cosas que tenemos que aprender a recuperar, porque es recuperar los espacios, es quererte, es decirte  no voy a trabajar con la bata de dormir. La gente se ha dado permisos”.

¿Hemos perdido la dignidad?

“Hemos perdido como las ganas.  La gente se adapta a como está la sociedad. A mí me ha tocado visitar hermanos venezolanos que están en otros países, para ver cuál es su condición. Aquí no querían hacer nada, estudiaban porque uno casi que los obligaba. Ahora están en otros países donde trabajan doce horas, mantienen todo limpio, porque allí no les permiten tirar la basura por la ventana y están en condiciones de pobreza porque son inmigrantes, pero se adaptan inmediatamente, no tienen que pasar dos años, porque se adaptan a esa sociedad.  Nosotros tenemos que hacer campañas  con gente que marque la pauta, que sea referencia. Tuvimos gente en la política, en los deportes, en la cultura que era referencia para los demás.  En nuestro barrio, los grupos juveniles éramos referencia, participábamos en todo, en las asociaciones de vecinos, la primera hoja de zinc que llegaba no era para mi casa, sino para el más necesitado; los catequistas, los maestros, actuábamos acordes. El referente no puede vivir de la hipocresía, debe ser coherente.  Debemos rescatar a los referentes en los grupos, en la iglesia, en los evangélicos, en las universidades. Mira esos grupos de universitarios que van a concursos internacionales y ganan, eso es ser referencia. ¿Te imaginas que la gente sepa reconocer a los niños de las escuelas de Avec, cuando se montan en el autobús, por su manera de ser?  Hoy conseguimos a padres que parecen malandros, para estar en sintonía, pero ellos deben ser referentes de la otra forma. Necesitamos gente sana y yo no lo veo complicado. Cada vez que voy a visitar migrantes, veo que sí podemos, la gente cambia en un minuto y se adapta a otras formas. El cambio cultural no es tan complicado como a veces se piensa, que esto nos tocará veinte años para cambiar, para algunas cosas sí, pero para otras no.  Creo que hay que hacer cosas más pequeñas y se puede lograr ese modelado en la escuela. Esa escuela que está tan golpeada, que ha perdido maestros, a las que se les han ido alumnos, todo eso, pero que aún tiene unos niños permanentemente de lunes a viernes.  Tenemos que lograr que esos niños sean diferentes a los otros, para que todos se quieran venir para este lado, para una cultura distinta”.

*Foto: https://www.vidanuevadigital.com

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